PRÓLOGO.

Permanente viajero, en el entrecruces de caminos, de rápidas o pausadas escalas, interlocutor válido en amplio número de idiomas, ágil -facilidad y soltura- para toda clase de empresas, busca, siempre en la brevedad de su descanso, lúdicas y valiosas tareas. El ocio lo define la Real Academia Española en una de sus aceptaciones como obras de ingenio compuesta de los intervalos de otros trabajos, un entretenimiento útil, que en este caso es la investigación por vías no propias, pero atractivas. El por qué, cómo puede o pudo ser lo que la imaginación creadora atisba novedosa, averiguar lo que ignoraba o innovar, precisar hechos o cosas bajo perspectivas distintas a las comúnmente aceptadas y con ellas su origen, su evolución.

Fue así, ocasionalmente, en un tiempo libre, aunque fuera en el transcurrir de una década, cuando escudriñó cuanto pudo ser la creación de la "dama poderosa". Lo que le obligó a inquirir entre erudición e imaginación, tiempo, espacio y modos, cómo, dónde y quién introdujo el cambio en el juego de ajedrez. No faltaron amplios y diversos coloquios, diálogos, correspondencia y meditaciones ante el tablero de ajedrez, moviendo piezas o alterando los reglamentados movimientos para encontrar la solución, así como en su pariente menor, el juego de damas. Ahí están las densas y políglotas páginas y con profusión gráfica de su trabajo, donde se muestra el camino seguido y sus firmes conclusiones finales.

Ahora, otra vez, en menor espacio de tiempo, surge una nueva idea, una obsesión que no le aparta ni menoscaba su trabajo habitual y que le ha empeñado en otro quehacer ocioso y de mayor envergadura. Si antes fue sofaldar los movimientos de una dama, ahora es otra dama, de bello nombre: Blanca, villa del valle de Ricote, a la que dedica henchido de amor su investigación de carácter histórico porque en ella siempre encontró cálida acogida, en donde permanecen amigos fieles, de esos que solo van quedando en villas y pueblos un tanto alejados del cambiante mundo urbano; visitas frecuentes y algo más que la dedicatoria de su obra nos descubre, otra vez florece exultante el amor, el paternal al dedicar a sus hijos blanqueños su trabajo. Motivación, pero también otro incentivo ¿que se sabe de la historia de Blanca?. Un pasado secular, pero sin una historia escrita que relate sus vicisitudes; si acaso no más de algunos artículos periodísticos sin otro alcance que el relato de cualquier hecho, que proporciona la lectura momentánea y a veces el comentario aurero de quienes se conjuntan a la hora de la crítica: sapientes, saponáceos o taladradores.

Creo que fue Ortega quien dijo que se vive en la proporción que se ansía vivir más, y Govert Westerveld aviva su vivencia con Blanca a su frente, porque no es sólo recordar sino también dedicar tiempo y esfuerzo a hacer su Historia. Pero Govert Westerveld experimentado en muchas cosas, porque su profesión y sus viajes le han hecho esencialmente práctico, medita y proyecta.

Fiel a su idea, confiando en su esfuerzo, llamando a distintas puertas -sólo, nos dice, una resultó hermética-, leyendo, consultando con quienes algo podían decirle, buscando en todas direcciones y siempre aprehendiendo el dato útil, la sucesión de hechos bajo el cambiante horizonte político del transcurrir secular en que se concreta su aportación, desde 711 hasta 1700, con pausados pero graduales avances, conjunta documentos éditos e inéditos, textos de distinta natura y toda clase de datos por mínimos que sean, tantos que, con frecuencia, resultan repetitivos.

Blanca surge, con otra denominación, a la historia murciana a la sombra de Ibn Hud, quien en el encrespado valle de Ricote se alzó con profundo sentimiento nacionalista frente al ya agonizante dominio almohade. Pero no voy a esbozar aquí su historia, aunque tras mucho leer hoy me siento un tanto blanqueño y hago mi pequeña guerra en mostrar el imperfecto e injusto pretérito que por tiempo pesó sobre Blanca en el valle de Ricote, que fue cognomento por la conjunción de seis villas, y si justificó en algún momento su designación y con ella nominación por tiempo, no la tuvo en cambio posteriormente. Blanca estuvo durante algunos siglos subordinada en el orden político-administrativo santiaguista a Ricote, cabeza del valle al que dio su nombre, pero por lo que sabemos esta dependencia oficial no respondía a su población, importancia de su castillo, producción e incomparable belleza.

Vayamos por partes. Cuando llega la estadística, los números cantan. Si en 1507 eran ochenta y seis los vecinos de Blanca, Ricote solo contaba setenta y siete, y Abarán quedaba en treinta. En 1525 eran ciento cuarenta los blanqueños que habitaban en su villa, frente a ochenta y sesenta de las otras dos poblaciones. Cinco años más tarde el crecer demográfico de Blanca alcanza ciento cincuenta y un vecinos, Ricote queda en ciento siete y Abarán en sesenta y cinco; y de ellos, un dato significativo: una vecindad sin distingos económicos en Blanca, porque en ella no había caballeros de cuantía (los nuevos ricos) como en Ricote y Abarán.

Blanca y su castillo fue refugio seguro para el infante don Enrique, maestre de Santiago, en los días azarosos de su enfrentamiento con el príncipe don Enrique y don Álvaro de Luna, y junto a él, fiel en la adversidad, la infante doña Catalina, su mujer. El mismo cantar tuvo entonces, como ahora, la producción blanqueña y, finalmente, sin entrar en comparaciones, las páginas rutilantes de un notario andariego sobre su estancia y "descubrimiento" de Blanca, superan en mucho las breves palabras que yo podía escribir sobre la belleza de la comarca blanqueña.

Son muchas las ideas y sugerencias que se obtienen de la lectura de estos centenares de folios. Pero el prologuista acierta cuando acorta sus líneas. Govert Westerveld nos ofrece un primer paso, todo generosidad. Su decisión es la de ofrecer, sin restricciones, cuanto ha recopilado como medio para que esté al alcance y consulta de todos. No dudo que a este arsenal de datos y documentos serán muchos los que acudirán; unos, agradecidos, haciendo constar su consulta, la utilidad que se ofrece de tener a mano todas las fuentes bibliográficas y documentales sobre Blanca hasta 1700; otros, beberán en la fuente y callarán mezquinos, pero el conocimiento de historia de Blanca se ampliará que es una de las aspiraciones de Govert Westerveld. Le queda un segundo paso, un quehacer obligado, el de hacer posible que estos novecientos folios se reduzcan a los indispensables, aquellos que a la redacción de la Historia de Blanca conviene y efectuada en la forma que las normas historio-gráficas aconsejan y conseguir que su lectura sea obligada y atractiva para blanqueños y no blanqueños. Conociendo a Govert, creo que el tiempo de espera no será muy largo, y yo, su amigo, seré uno de sus primeros lectores. Así será.

PROF. DR. JUAN TORRES FONTES
Director de la Real Academia Alfonso X el Sabio

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